• Miércoles 26 de marzo de 2008 | San Luis, República Argentina

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UN ARTISTA FUNDACIONAL

Veinte años sin Miguel Abuelo

 

Hace 20 años, Miguel Abuelo cumplía su profecía de ir a las puertas del Edén. Vida, obra y canciones de un artista tan indispensable como menospreciado.

 

El mes pasado, cuando su cuerpo llevaba poco menos de dos décadas de enterrado, el nombre de Miguel Abuelo estuvo en un lugar al que pocas veces llegó en vida: los titulares de los diarios. Su hijo, Gato Azul Peralta, fue condenado en España a pasar cinco años de cárcel por robo.

Ahora, una vez que murió (el 26 de marzo de 1988, hoy hace 20 años) su vida se contó de todas las maneras posibles. Y para mencionarlo se buscaron sustantivos de toda clase: el juglar errante, el paladín de la alegría, el poeta de mundo, el duende la sensibilidad, el cantante de la bohemia. Se dijo que fue barrendero, boxeador, folclorista, vendedor ambulante y artista callejero.

Todos esos datos son estrictamente ciertos pero deberían esconderse detrás de la obra del fundador de uno de los grupos más influyentes e injustamente menospreciados de la historia del rock nacional. Las tres formaciones de Los Abuelos de la Nada fueron un verdadero seleccionado de músicos que se encolumnaron tras la figura irrisoria de Miguel.

Miguel Peralta fue uno de los fundadores del movimiento rock en Argentina, pero a la hora del revisionismo oficial ese título se reduce en Litto Nebbia, Claudio Gabis, Tanguito y Moris. Para hacerse escuchar en La Cueva, Miguel formó una banda en la que invitó como guitarristas a Pappo y a Claudio Gabis y con la que grabó dos temas. La llamó “Los Abuelos de la nada” por una frase que había leído en El banquete de Severo Arcángelo, la obra que Leopoldo Marechal escribió en 1965.

Enojado con Pappo por el estilo que debía seguir la banda, Peralta los dejó con nombre y todo y se fue a Europa, ya dueño del apellido con el que se haría conocido. Por ese entonces, los más radicales miembros del incipiente rock nacional consideraban que Miguel había pagado con el exilio su intención de imprimir poesía a la música joven.

En cada escala europea, Abuelo dejaba una marca. En España estuvo preso (destino circular que luego repetiría su hijo); en Francia grabó un disco inolvidable llamado “Miguel Abuelo et nada”, todavía inédito en Argentina y convertido en una joya buscada por coleccionistas; y en Inglaterra conoció a una modelo con la que tuvo su único hijo.

Su regreso fue una condición que le impuso “Cachorro” López para rearmar Los Abuelos. En la reencarnación nona el rock se mezclaría promiscuamente con el reggea, el funk y los ritmos africanos y tendría en Miguel a su líder indiscutido. Gustavo Bazterrizca (el primer rockero que mediatizó sus problemas con las drogas), Polo Corbella, Daniel Melingo y un lactante Andrés Calamaro.

No es exagerado decir que cada uno de los participantes de aquella banda le debe gran parte de su carrera posterior al encuentro con Abuelo. Pero ninguno participó de la última versión de Los Abuelos de la Nada, que tuvo en la grabación del desprolijo “Cosas mías” una despedida que fue sorpresiva por la enfermedad que se fue comiendo poco a poco la vida del cantante.

 

La influencia de Marechal

 

-¿Quién es Pablo Inaudi?- le volví a preguntar al oír ese nombre que por segunda vez resonaba en mis oídos-

-¡Bah!- rezongó Farías con una gota de resentimiento-. ¡Es tan Pablo y tan Inaudi como yo! ¿Sabe cuándo lo descubrí? Cuando una vez, a manera de insulto, me llamó Padre de los Piojos y Abuelo de la nada. ¡Esas galanuras de estilo no se dan en Occidente!

-¿Y dónde conoció usted a ese Pablo dudoso?

-Imagínese usted ­me respondió Farías indirectamente- a un hombre que planta en cierta colina un jacarandá norteño, y que organiza una distribución de agua bastante compleja sólo con el fin de que algunos arroyos, cuatro en total, broten al pie del árbol. ¡E imagínese ahora que tal hombre, con absoluta sangre fría, sostiene que los ángeles hablarán junto al sol, si se lo “imanta” en las condiciones debidas!

Extracto de “El banquete de Severo Arcángelo”, de Leopoldo Marechal.

 

Cinco canciones

 

Buen día, día: una de las cinco canciones más poéticas del rock nacional. Una obra maestra de seis minutos y medio que cita al poeta Friedrich Hölderlin y que tiene frases inolvidables: “Qué clase de rico será quien no lleve todo junto y en un solo puño, la psiquis y el latir, de su pueblo”

 

Mariposas de madera: la dulzura de la melodía está acompañada por la voz de Gato Azul, el hijo de Miguel que hace sus primeros coros. Ingenuidad psicodélica.

 

Himno de mi corazón: con semejante nombre, la canción no podría ser otra cosa que lo que es. Despunta el Abuelo poeta.

 

Diana divaga: de autoría compartida con el periodista Pipo Lernoud, el primer tema grabado de Los Abuelos, de 1968, es una muestra de la psicodelia argentina camino al pop.

 

Cosas mías: ya en la decadencia de su carrera, Abuelo se ríe de las instituciones y deja su legado con una banda formada de urgencia. Fue una de las primeras canciones que se entonó en las canchas.