• Miércoles 26 de marzo de 2008 | San Luis, República Argentina

Clasificados | Editorial | Opiniones | Suple ETC | Villa Mercedes | Interior | Archivo

Opiniones

Imprimir

Una forma de entender las conductas adictivas II

 

Estar estando adicto, es una forma de relación manipuladora, por la cual elegimos un objeto o evento cualquiera (drogas, personas, etc), obsesionados por un único objetivo: cambiar aquello que sentimos en algo diferente, a costa de lo que ello implique; vivir mareados, confundidos, intoxicados.

Vivir adicto es estar en una cueva, es estar apegado al miedo paralizante que implica el salir a estar con el mundo, con la gente, y correr el riesgo de que a los otros no les gustemos, no les caigamos bien, les molestemos, que los otros nos molesten, nos ataquen, o aun, que los otros nos quieran. Y, entonces, permanecemos escondidos, haciendo de nuestro andar por el mundo un viaje muy lento, que nos retrasa y sólo nos deja la ventana de la ilusión, ilusión que desaparece como sombra y a la que recurrimos cada vez con más frecuencia cuando en lugar de arriesgarnos a salir nos quedamos dentro, dando vueltas y vueltas atrapados por la soledad y el dolor.

Estar adicto es estar con la persiana de nuestra casa baja, para que los demás no puedan vernos, no puedan acceder a conocer cómo somos y quiénes somos. Ellos sólo se topan con puertas cerradas a las cuales golpean una y otra vez, no encontrando, la mayoría de las veces, respuesta alguna. Y ellos, unos con más y otros con menos paciencia, hacen el intento de sacarnos de ese lugar oscuro y lúgubre ofreciendo todo tipo de salvavidas (una pastilla, un médico, un psicólogo, una comunidad terapéutica, etc) que sirven, a veces, momentáneamente, porque no podemos ni siquiera dejar de depender de ese estilo de vida, que es lo mismo que decir, no podemos dejar de depender de la dependencia.

Es difícil abandonar hábitos como el de disimular lo que sentimos, o el de no decir lo que nos pasa, siendo que los adoptamos hace tanto tiempo; pero difícil no significa imposible. Se trata de comenzar a desandar los caminos recorridos, tomando a la palabra como partera, iluminadora de la oscuridad en la que nos hallamos y empezar a animarnos a decir de nosotros, reparando (por pararse en algún lugar, en algún momento de nuestras vidas) en mirar cómo y quiénes somos, corriendo el riesgo de que al vernos, no nos gustemos, de que reconozcamos que los personajes que elegimos interpretar a través de nuestras conductas, no son la persona que realmente somos.

Renunciar a lo que venimos acostumbrados, es abandonar ciertas creencias: “Yo solo estoy bien”, “estoy conmigo”, “nada ni nadie podrá ayudarme, e ir descreyendo de aquello de lo que orgullosamente nos afanamos en repetir, es ir abriendo una ventana y empezar a atender, por prestarnos atención, a aquello que nos falta, que nos produce dolor, que nos angustia, que nos desespera.

Creo que hay una forma válida de poder salir de encierro al que uno se autosomete y es la de aprovechar la oportunidad de estar solo y pensar si es que lo estoy o es que estoy acompañado por un otro que soy yo mismo y preguntarme qué es lo que quiero, para qué elijo estar como estoy, qué necesito realmente, por qué peleo con tanta fuerza contra mí. Reflexionar conmigo acerca de mí, es un primer momento necesario para empezar a buscar en mi prisión, la llave que hace poco o mucho tiempo decidí dejar tirada en algún lugar.

Luego, no habiendo encontrado la llave, o estando tan oxidada que no funcionara, pero necesitando realmente salir, otro cualquiera, un alguien de por ahí, ahora podría resultarme necesario, para lo cual ahora tengo que estirar la mano o la voz y llamar al primero que pueda ver, por primera vez en mucho tiempo, y pedirle que me ayude, que me rehabilite, que me ayude a reparar mi vida acondicionándola a las circunstancias actuales, devolviendo mis derechos (perdidos al condenarme) para comenzar a elegir otra forma de estar conmigo y los demás.

Admitir a un otro es darle posibilidad de entrada en nuestro mundo, y entonces deponer la pelea a la que nos sometimos y lo sometimos, es decir “tengo miedo”, “no sé qué me pasa”, “te necesito, ayudame”...

Luego, disponerse a recibir, a ser ayudado, implica reconocernos necesitando ayuda y admitir que hay otros que pueden ser capaces de asistirnos. Entonces sí, y por primera vez, se comienza a estar con otros, ya no aferrándonos a ellos como la salvación, como un fin en sí mismo, sino aprovechando la oportunidad de ser medios para nutrirnos con lo que tienen para ofrecernos.

Lic. Karina Mirich

Psicóloga

 

Las demandas de los jóvenes

 

3ª parte

Por Laura Hojman, DyN

 

Durante la investigación se obtuvieron 960 respuestas de jóvenes militantes sociales y expertos sobre juventud en estos seis países de América del Sur.

En Argentina, la investigación coordinada por SES, se centró en las temáticas: jóvenes trabajadores en el mundo urbano (Jóvenes de Pie); de agrupaciones sociales ambientalistas (Asamblea Juvenil Ambiental de Gualeguaychú); de agrupaciones sociales y políticas de derechos humanos (HIJOS) y participantes de programas sociales (Movimiento Juvenil Andresito - Misiones).

A través de grupos de discusión y entrevistas, los investigadores recogieron la voz de los cortadores de caña de azúcar (Brasil); miembros de grupos de hip-hop, estudiantes, y hasta jóvenes empleadas domésticas (Bolivia).

Como conclusión principal, el estudio identificó dos demandas principales comunes a los movimientos juveniles sudamericanos: el pedido por una educación de calidad (con énfasis en la formación profesional), seguido por el trabajo decente. Otros reclamos de los jóvenes apuntaron a la “ecología, cultura, vida segura, promoción de derechos y mejoras en el transporte”.