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Con toda la soberbia posible
Se necesitaba la voz de una estadista. Se requería un mensaje sensato, elevado, pacificador. Se aguardaba con ansiedad un tono cauto que distendiera el conflicto. Se podía pedir una tregua, un tiempo, una instancia superadora. Cabía escuchar la voz segura de quien hace apenas algo más de cien días obtuvo un mandato popular para gobernar. Gobernar en paz, para la paz y para todos los argentinos. Qué buena oportunidad para abandonar el atril, para bajar el tono discursivo, para aventar cualquier atisbo de soberbia. Qué ocasión inmejorable para dejar de dictar cátedra y en un tono pausado y conciliador convocar a la unidad y al diálogo. Un decir más sereno hubiera permitido, igualmente, advertir firmeza.
Qué instancia insuperable para pasar a ser la presidenta de todos los argentinos. Es de una miopía sublime creer que la gobernabilidad se sostiene desde la antinomia: pobres contra ricos, la ciudad contra el campo, lo urbano contra lo rural, la industria contra el agro, los gremios contra el capital. Estas luchas, si alguna vez tuvieron algún sentido, están totalmente superadas. Carecen de una capacidad absoluta para sostener cualquier construcción. Qué buen momento para sacar a relucir una buena dosis de humildad y cabalgar sobre el conflicto para avanzar con pujanza al aprovechamiento de una coyuntura mundial inmejorable. Será difícil encontrar otro momento tan propicio para retornar al federalismo. Pocos sectores tan perjudicado con estas medidas, como las provincias. Se debió advertir que una buena parte de este conflicto no tiene que ver con lo que se recauda, sino con el destino inconsulto e inapropiado que se le da a estos fondos. Pocos despropósitos tan elocuentes como hablar de la laguna La Picaza. Pareciera que se obliga a mascar otra vez la tierra que durante ocho años soportaron quienes debían atravesar los caminos precarios que tanta torpeza e ineficacia obligaron a surcar. Si en el campo hay tanto trabajo en negro, hay que encontrarlo, denunciarlo y sancionarlo. No enrostrarlo en un discurso inoportuno.
Los gobernadores presentes en la Casa Rosada nunca imaginaron un papel tan triste. Nunca tan lejos de sus gobernados. Nunca tan sumisos e ineficaces.
No se alcanza a comprender la necesidad de irritar a todos con una pieza oratoria tan encendida como obvia, tan sectaria como excluyente. Debió hablar la presidenta de todos los argentinos. Y habló la abanderada de un sector.
Es evidente que para gobernar se requiere mucha serenidad y mucha seriedad. América latina ya tiene suficientes discursos encendidos y actitudes grandilocuentes, precisa otra cosa. Argentina merece una actitud distinta de sus dirigentes. Ya no hay espacio para bravucones y atropelladores. En algo tiene razón la primera mandataria, es bueno llamar a la reflexión. Hay que reflexionar. Hay que pensar, y volver a pensar.
No se podía generar mayor incentivo para el corte y la cacerola. La soberbia oficial debe dejar paso al diálogo. Si hay tanto excedente financiero no debe ser tan difícil repartirlo. Habrá que tener prudencia, coraje, valentía, imaginación y humildad. Mucha humildad. |