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El peligro de los animales sueltos en los caminos
El tema parece casi anecdótico. En la Argentina y particularmente en San Luis, los animales sueltos parecen parte del paisaje. En muchos pueblos todos saben quiénes son sus propietarios. Y muchas veces las épocas de sequía casi justificarían el largar los animales a la ruta o a terrenos mejor regados o más favorecidos donde vacas, caballos, chivos, y demás encuentran con qué pastar. Un despropósito.
En realidad el tema de fondo parece ser una especie de precariedad admitida donde todo vale. Porque cercar los campos es muy caro y trabajoso. Porque el alimento para el ganado cuesta obtenerlo. Porque pagar peones que junten la hacienda plantea pagar jornales. Porque algunas familias se alimentan de esos animales. Todo precario. Todo injustificable. Inadmisible.
Si hay que analizar cómo cooperar tanto el Estado como particulares con alambradas, cercas, si se precisa trabajo, si se requieren alimentos la cuestión se debe analizar seriamente y se deben buscar y encontrar soluciones en los niveles que corresponda en tiempo y forma. No recurrir a la comprensión injustificable de autoridades y agentes públicos que no cumplen con su deber, y creen estar haciendo favores sostenidos en el amiguismo o en una confundida solidaridad que lejos de favorecer a alguien perjudica a todos.
Los accidentes de tránsito son una de las principales causas de mortalidad. El mundo ha crecido, y la red vial también. En San Luis se extienden de norte a sur y de este a oeste, las autopistas. Y, en medio de vehículos cada vez más confortables, modernos y veloces aparecen animales sueltos.
Se pueden construir todos los carriles que se deseen y colocar los más modernos sistemas de seguridad, pero si se sueltan animales en la ruta toda medida será insuficiente.
De día, de noche, en caminos vecinales, en rutas bien iluminadas, en senderos oscuros, en predios rurales, en caminos absolutamente urbanos hay animales sueltos por todos lados. Y hay ordenanzas, leyes y disposiciones que no se cumplen. Y hay agentes públicos que hacen la vista gorda bajo justificativos francamente inadmisibles.
En realidad tampoco deja de ser un tema estrechamente relacionado con la conciencia y la responsabilidad individual, cada uno debe hacerse cargo de sus animales y de su alimentación. No se trata ni de insensibilidad, ni de no comprender ni carencias ni abandonos, se trata de resolverlos dónde y cómo se debe. Las graciosas y permisivas concesiones que alientan la precariedad admitida no se deben permitir y se deben sumar al rubro de pésimas costumbres que el deterioro argentino acaba por aceptar e incorporar a lo peor de la cultura autóctona.
Cuando se produce lo que impropiamente se denomina accidente, cuando se debiera llamar incidente, se habla de fatalidad, desgracia, drama, destino y otros términos que encubren descuido, irresponsabilidad, desidia, vagancia y precariedad. Lo de incidente viene porque donde hay animales sueltos habrá siniestros. La relación es causal, incidental, no casual, accidental. Donde hay autos sin luces, sin patente, sin frenos, motociclistas sin casco y policías que sonríen a su paso, habrá incidentes desgraciados, habrá heridos y muertos indefectiblemente. No hay que asombrarse ni conmoverse, hay que actuar antes. Hay que respetar y hacer cumplir todas las normas de tránsito. Otra conducta es sumarse al desorden y al caos, es reclamar a otros lo que cada uno es absolutamente incapaz de cumplir.
Sin eufemismos, permitir la presencia de animales en los caminos, con cualquier excusa, es poner en peligro la vida de los demás. |