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APUNTES DE LA HISTORIA
El hombre que fue Churchill
La verdad sobre un momento clave de la Segunda Guerra Mundial.
Buenos Aires
Alberto Amato
redaccion@eldiariodelarepublica.com
Aún hoy, escuchar esa voz vibrante, cargada de pasión, furiosa y decidida, nos estremece. Suele llegarnos de vez en vez, en viejos documentales que hablan de la Segunda Guerra Mundial. Es el mismo estremecimiento que recorrió Europa cuando esa voz, la de Winston Churchill, tronó en las radios inglesas primero, del continente después y de Estados Unidos por último.
El 4 de junio de 1940, Churchill pronunció en el Parlamento británico un discurso conmovedor, feroz, cargado de augurios, una profecía de siniestro optimismo, que es el que solemos escuchar y que nos estremece. Sólo que ese discurso que escuchamos jamás fue pronunciado por Churchill. Y la trampa se convirtió en uno de los secretos mejor guardados de la Segunda Guerra.
La verdadera historia es ésta.
En junio de 1940 Inglaterra peleaba sola contra el poder arrasador de la Alemania nazi. Francia había caído en manos de Hitler y entre el 1º y el 3 de ese mes, miles de británicos habían muerto en las playas de Dunkerke y otros muchos miles habían salvado sus vidas en lo que fue, tal vez, la única huida gloriosa de toda la guerra.
El 4 de junio Churchill reunió al Parlamento para lanzar un mensaje dramático que terminó con unas frases tremendas que anticipaban el porvenir. Lo que el británico quería en realidad, era sacudir a los Estados Unidos para que se decidiera por fin a entrar en la guerra. ¿Qué dijo Churchill?
No desmayaremos ni nos doblegaremos. Seguiremos luchando hasta el fin. Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y en los océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cueste lo que cueste; lucharemos en las playas y en las montañas; lucharemos en los campos y en las calles. Jamás nos rendiremos.
Días después, las radios retransmitieron una y otra vez esas palabras lanzadas al mundo libre con la voz acre y gastada del líder inglés. Hasta el propio presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt, no podía escuchar ese mensaje sin emocionarse. Tal vez Roosevelt murió cinco años después sin saber que la voz que escuchaba no era la de Churchill.
El primer ministro británico habló en el Parlamento mucho antes de que los debates y los discursos fueran transmitidos por radio o grabados. A Churchill sólo lo escucharon un puñado de legisladores. Y su mensaje sólo existía impreso en papel y tinta. Pero la inteligencia británica comprendió que esas palabras debían convertirse en un vehículo de propaganda si es que querían sacudir la premeditada modorra estadounidense y conquistar el apoyo de los enemigos del nazismo. Necesitaban hacer oír la voz de Churchill.
Pidieron entonces al primer ministro que repitiera su discurso del Parlamento frente a un micrófono de la BBC, si era posible con la misma intención y fuerza.
Churchill estaba demasiado ocupado en salvar a su nación y, además, tenía un humor de sepulturero para ideas como esas. Los jefes de la inteligencia británica salieron con la cola entre las piernas del Gabinete de Guerra que todavía se levanta muy cerca del Almirantazgo, según se va por el Mall al Palacio de Buckingham, sobre la izquierda.
Entonces recurrieron al héroe anónimo de esta historia: Norman Shelley.
Shelley era entonces un joven actor londinense de 37 años. Ni siquiera era un gran actor. Era un galancito de radioteatros y de papeles secundarios en los teatruchos de la capital. Jamás sería Laurence Olivier, pero tenía un único gran talento: imitaba a Churchill a la perfección. Y, además, tenía cierta noción de patria.
Fue ese actor quien decidió ser Churchill por unos minutos, sin saber que lo iba a ser para siempre. Fue Shelley quien se plantó frente a los micrófonos de la BBC, después de enterarse de algunos tonos usados por el primer ministro en el Parlamento. Cuentan que hasta repitió los gestos del primer ministro mientras grababan su discurso: la mano izquierda aferrada a la solapa del saco de tweed. Y habló como si fuera Churchill. (...) Lucharemos en las playas y en las montañas; lucharemos en los campos y en las calles. Jamás nos rendiremos.
Churchill era cualquier cosa menos tonto. Cuando se escuchó decir en la grabación lo que nunca dijo para ser grabado, no pudo ignorar quién había sido su imitador, veintinueve años más joven que él. Pero jamás reveló el secreto. No hizo mención alguna en sus memorias, que escribió en 1949 y por las que ganó el Nobel de Literatura. A aquel trueno no le iban a dar el Nobel de la Paz, claro. No se usaba todavía dar el Nobel de la Paz a los guerreros.
En esas memorias, en el tomo La Caída de Francia, Churchill cita su discurso y revela sus intenciones: Terminé con un párrafo que había de resultar un oportuno e importante factor en las decisiones de Estados Unidos. Pero el viejo pícaro nunca reveló que quién habló por él para la Historia fue un oscuro actor del que ni siquiera se han conservado fotos.
Cuando Churchill murió, el 24 de enero de 1965, el secreto se mantuvo. Recién en 1979 Shelley decidió liberarse de la carga y admitió que él había sido la voz del primer ministro y la voz que se escucha en todos los documentales que citan aquel Jamás nos rendiremos.
Muchos le creyeron. Unos pocos, no.
Hasta que hace siete años, Anthony Shelley, el hijo del actor, encontró en el desván de la casa de su padre en Chepstow, Gales, un disco homenaje que la BBC había entregado a su padre en 1942 a modo de recuerdo y agradecimiento por su acción de guerra.
Norman Shelley murió el 22 de agosto de 1980, hace poco más de veintisiete años. Un infarto, piadoso, lo derrumbó en un andén del subte londinense, no muy lejos de los estudios donde hizo su grabación histórica.
Los mismos estudios desde donde el general Charles De Gaulle, en 1940, pronunció su célebre llamado a los franceses a resistir la invasión alemana: Francia ha perdido una batalla. Pero no ha perdido la guerra.
Por supuesto, esa frase jamás fue pronunciada por De Gaulle.
Pero esa es otra historia.
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