• Martes 19 de junio de 2007 | San Luis, República Argentina

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La declaracion de Brigada Heroica sigue despertando reacciones

Combatientes de la 5ª Brigada: testimonios de una herida

 

Efectivos de la V Brigada Aérea evocaron lo que sucedió 25 años atrás, durante la Guerra de las Malvinas.

 

La reciente declaración de Brigada Heroica a la Unidad Militar de Villa Reynolds por parte del Gobierno de la Provincia, continúa ­y seguramente por mucho tiempo- despertando recuerdos y evocaciones en aquéllos que fueron en alguna medida protagonistas de un momento de la historia del país. Instante breve si se mide en términos de historia propiamente dicho, pero tan profundo, que ha dejado una marca, una bisagra, es decir, un antes y un después. Hombres de la Fuerza Aérea, y particularmente quienes pertenecieron a la V Brigada Aérea en tiempos de la Guerra de Malvinas, desprenden sus anécdotas y sus pareceres, dispuestos no sólo a compartirlas con el resto de los ciudadanos, sino también en la búsqueda de argumentos que expliquen este concepto de heroicidad. En la evocación de algunos episodios de lo sucedido 25 años atrás, se encuentran las razones y se explican las sensaciones del presente.

 

Instinto de supervivencia

 

El suboficial principal Juan Miretti sintetizó con exactitud lo que sintió en este espacio de tiempo desde la finalización del conflicto hasta el presente: “Durante estos 25 años uno se mantuvo contenido con sus propias experiencias, y ahora, cuando pasó un cuarto de siglo de la guerra, es como si quisiéramos soltar las anécdotas para transmitirlas, para que la gente nos escuche”.

Miretti participó en la defensa de Río Grande, Tierra del Fuego. Su historia comenzó el 26 de mayo de 1982, cuando a la medianoche partió desde la base de Villa Reynolds en un avión Boeing 707. Cuenta que arribaron a destino a las 3 y media de la madrugada, recibidos solamente por el intenso frío de la isla y se dirigieron a una unidad donde 1.400 hombres se alojaron en un espacio con capacidad para 400. Desde su arribo, transportaron los pertrechos y elementos a utilizar, entre ellos, 10 cañones para la defensa.

“Nos esperaba un enorme pozo, donde pasamos los 55 días que duró nuestra participación en el combate. Había que armar el refugio con lo que encontrásemos en el lugar: maderas, tablas, palos. Nos costó mucho estar en ese lugar, porque había que acostumbrarse al aislamiento; sólo nos acompañaba una pequeña radio por donde nos alertarían de posibles ataques”.

“Sabíamos ­relata Miretti- que los ingleses tenían que atacar Río Grande para destruir nuestra base de misiles, así que siempre los estábamos esperando. Nos dedicamos a hacer señuelos para confundirlos: una pista que no existía, un cañón y hasta un centinela hecho con alambre, diseñado por un soldado. Recuerdo que vestimos al muñeco y, como era de alambre, con el viento se movía y lograba despistar a cualquiera. Tanto es así, que una madrugada, un grupo de infantes de marina se quedó cuerpo a tierra cuando lo vieron porque pensaron que era un enemigo agazapado y listo para dispararles. Se quedaron dos horas esperando una reacción, y cuando se dieron cuenta que se trataba de un señuelo, lo rompieron a patadas por la bronca que les dio no reconocerlo”.

La precariedad con que se movieron los hombres en la guerra, se manifiesta en acciones como las que describe el suboficial: “Rodeamos nuestra posición con un hilo de tanza donde atamos tarros de lata, así, si se acercaba alguien, seguro haría ruido. De hecho, una noche se tropezó un infante de marina y nos alertó el laterío que sonó. La consigna para nosotros era sobrevivir”.

Miretti también se siente agradecido a la sociedad: “La gente no sabe cuánto nos alentaban sus cartas, lo que producían en nosotros, en momentos en que nos consumíamos en la ansiedad por esperar la acción de combate”.

En cuanto al último día, el militar recuerda emocionado: “Nos pasaron a buscar en un camión, donde todos estábamos con la cabeza baja y muchos con llanto, pero no de emoción, sino de bronca e impotencia. Yo sentí que en ningún momento me rendí y quería continuar”·

 

Ingenio ante la adversidad

 

Otra visión sobre la contienda, es la del capitán (R) Rubén Rocnal Córdoba, quien en 1982 era primer teniente y se desempeñó como jefe de Escuadrón de Armamento y Electrónica. “El 2 de abril entramos a la Brigada como todos los días y nos desayunamos con la noticia que se habían tomado las islas. Fue una algarabía para muchos, pero para mí era un poco triste, porque sabía que entrar en conflicto con la segunda potencia del mundo era algo muy difícil. Yo conocía del poderío armamentista de Inglaterra. La Brigada no estaba preparada para pelear contra los barcos. Nos dieron la orden de que sólo íbamos a hacer un apoyo en vuelo y no un ataque. Pero estando en Río Gallegos, se cambió la orden y el teatro de operaciones. Hubo que utilizar el ingenio. En la primera misión, el avión debía hacer un vuelo rasante a 700 kilómetros por hora transportando una bomba de 500 kilos. La primera fragata enemiga que agarró, la pasó de largo, le hizo un agujero y no explotó. Había que corregir algo. Entonces, el entonces vicecomodoro Zinni me permitió, primero cambiar la bomba de 500 kilos por tres de 125 cada una; y segundo, me autorizaron a realizar algunas modificaciones en las espoletas. Hicimos algo así como unas ‘manitos’, de manera que se abrieran y se engancharan como si fuese un ancla. De esa forma, al lanzar una bomba contra una nave, ya no la traspasaría, sino que se engancharía en cubierta y explotaría. No era una modificación sofisticada. Fue un arreglo mecánico que hicimos los armeros”.

El oficial no puede eludir una breve referencia a la secuela personal de la guerra: “Cuando volví de Malvinas aumenté 30 kilos de peso, se me dio por comer y fumar. Después de muchos años fui al psicólogo por mi cuenta y aprendí a vivir una vida normal. Aunque creo que si una persona ha sufrido un shock, y cualquier guerra lo produce, queda afectada para siempre”.

 

El aliento de la esperanza.

 

El capitán Santiago Hernández, director del Museo Histórico de la 5ª Brigada Heroica, destacó otro episodio vivido por un colega suyo, el Primer Teniente Velazco, quien el 1 de junio de 1982 fue alcanzado por artillería antiaérea mientras realizaba una incursión de ataque. Cuenta Hernández: “El avión sufrió serios daños y el piloto logró eyectarse cayendo en las islas Malvinas. Todos los pilotos llevan consigo elementos que le permitan una subsistencia por algunos días: agua, chocolates, caramelos, medicamentos. Velazco, luego de consumir casi todos las reservas y caminar y ocultarse durante varios días, se guardó un caramelo, prometiéndose a sí mismo que se lo regalaría a su hija cuando volviese al continente”. El capitán Hernández, visiblemente impactado por esa anécdota, continúa: “Velazco contaba que esa idea fue la que le permitió mantenerse pese a las circunstancias adversas del clima, del terreno, y pese al agotamiento de caminar tantos kilómetros evitando siempre caer en manos enemigas. Finalmente, cuando se produjo la rendición y el piloto se reencontró con su familia, entregó el caramelo a su pequeña hija, tal como se lo había prometido. Fue lo que le dio fuerza para seguir defendiendo su vida”.