• Viernes 25 de mayo de 2007 | San Luis, República Argentina

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Editorial

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No es muy fácil de entender

 

Hay conceptos cuyo sentido cobra vigencia a partir de su carencia. Sucede con la pertenencia. Los beneficiarios de este atributo no parecen tener demasiada conciencia de su importancia. Sólo lo valoran cuando lo pierden. Con algunos reparos, cabe el paralelo con el desempleo. Se juzga que las mayores dificultades pasarán por lo económico, y en rigor los peores dramas que trae aparejada la falta de trabajo tienen que ver con el abandono, con el desapego, con la sensación de vacío que provoca el hecho desesperanzador de que no se aguarde por la presencia de alguien en algún lugar, con la pérdida de un espacio que se siente propio.

Idea similar es la del barrio. Tal vez sea una noción propia de grandes ciudades, pero cada barrio afirma una pertenencia indestructible. No se puede ser de dos barrios. Y se carga con lo bueno y con lo malo, y hay características distintivas, y hay rincones, lugares, recodos, sentimientos que sólo se alcanzan donde el nacimiento, la estancia o el apego dejaron una huella.

Y cada barrio tiene o tuvo un club. Social y deportivo. Con colores, con tradición, con un grupo fundador, con una comisión directiva más o menos querida. Con apodos, con hitos históricos, con memoria. Y si el club era de fútbol, todo resulta desmesuradamente amplificado. Es un cariño desmedido, es una pasión personal e íntima sólo comprensible por quienes la padecen. Quedan en esos espacios lo mejor y lo no tan bueno de tantos seres humanos. Tantas glorias y tantas frustraciones. Tanta noche de carnaval.

Y la Argentina tuvo una y mil crisis. Los de la lectura gorda, los de la cuenta fácil creyeron que el despojo y la derrota sólo pasaba por los bienes, por el sueldo. Las crisis se suelen llevar cosas bastante más valiosas. Muy cercanas al sentimiento. Muy caras a ese sentimiento. Suelen arrasar con la rutina sagrada de cada domingo, de cada tarde de dominó o de ajedrez, o con lo que para siempre será una reunión danzante.

El problema no es la desesperanza. Pasa por los amigos que ya nunca verán la recuperación. Podría ser en muchos lugares de la Argentina, en muchas de sus esquinas. Hoy la escena es en Corrientes arriba. Es en Villa Crespo, después de Almagro y antes de Chacarita. Donde la calle Humbolt corta Corrientes, Camargo, Padilla, Murillo, Muñecas. Donde hubo quincho, vía, gimnasio, pileta, cancha auxiliar, básquet, bochas, patín y miles de recuerdos.

No vale la pena buscar muchas razones. No hay modelo matemático, ni cuenta que arroje positivo. Es pasión, sentimiento y muchas horas muy bien vividas. No se explica, se vive y se disfruta.

El próximo domingo el Club Atlético Atlanta recupera su sede social, la reabre. Es para los chicos de una popular barriada porteña. Les va a devolver espacio, pertenencia, apego por su barrio. Va a ratificar una reconstrucción en marcha que no tiene que ver ni con un plan, ni con una gestión, ni con un tema judicial. Tiene que ver con una forma de entender la amistad, los recuerdos, la familia, la tradición, el barrio. Tiene que ver con la sensación intransferible de sentir que algo es propio, que es de cada uno, que es de todos, y que en algún punto se generó la capacidad de recuperar.