• Martes 16 de enero de 2007 | San Luis, República Argentina

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OPINIONES

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Mientras Chávez espanta a inversores, el revival de la “Triple A” puso el mito de Perón en la picota

 

Por Hugo E.Grimaldi-DyN

 

1ª parte

 

Los temas centrales de la semana pasada siguieron la lógica del rompecabezas y encastraron casi a la perfección. Lo más trascendente: una ofensiva judicial y política que puede llevar a la destrucción del mito Perón, pero también los cortes de rutas que juegan en contra de la posición internacional de la Argentina y el entramado de la soja, los precios y, sobre todo, del dirigismo vernáculo que se enlazó en el exterior con la verborrágica reasunción de Hugo Chávez.

En tan delicado hilván tampoco se pueden dejar de lado algunas operaciones mediáticas, al estilo de cortinas de humo para salvar trastornos (índices de inflación que en enero ya arrancan cebados) o no reparar en la inesperada aparición de chispas más que delicadas que pueden desatar un incendio, como casi lo desata el caso Gerez. Así es la política, pero también la economía cuando se pone a su servicio.

En primer término, fue más que notoria la intención del gobierno argentino de despegarse del evidente atraso del reloj chavista, quien retrocedió casi 40 años en la historia del populismo latinoamericano y metió a toda la región en un baile de impredecible resolución. “Muy antiguo”, le dijo el presidente Néstor Kirchner a un periodista durante la semana.

Ni las necesidades de inversión que tiene Brasil ni sobre todo las que imperiosamente necesita la Argentina tenían por qué quedar a merced de tal desaguisado, sabido como es que los inversores miran a las regiones y mucho menos hacia los países. Por más que de la boca para afuera se siga acompañando la chequera de Chávez, la próxima Cumbre del Mercosur, que se hará en Río de Janeiro el jueves y el viernes, será imperdible en materia de mensajes de los dos socios fundadores, dirigidos hacia la verborragia y las compañías del venezolano.

Pero tampoco fue necesario cacarear por estas playas “socialismo o muerte”, tal como lo hizo el presidente venezolano, para que el largo dedo del dirigismo argentino, esta vez en nombre del bien común, haya hecho lo suyo en materia de espantar inversiones.

El Ministerio de Economía ideó un esquema, por el cual se aumentan 4% las retenciones a las exportaciones de soja, mientras que de allí se genera un fondo destinado al subsidio de los productores de alimentos, para que éstos, a su vez, no aumenten sus precios internos.

Los críticos del sistema que ya se ha puesto en marcha, dicen que lo que se hizo es directamente penalizar en dinero el paro agropecuario, unos 400 millones de dólares que se transferirán de un plumazo hacia la industria, o bien que se trata de una suerte de ratificación gubernamental de la manifiesta ineficiencia de su propia política de control de precios.

En este aspecto, lo que parece una excelente idea para lograr el blanqueo de algunos eslabones de la cadena, tiene como contrapartida que será el Estado quien determina cuánto gana o cuánto deja de ganar tal o cual sector. Porque lo que también se ha blanqueado por fin es que la Secretaría de Comercio ya no opera exclusivamente sobre los precios, sino directamente sobre las ganancias de las empresas.

De todos modos, lo concreto es que nadie en Economía habla de cómo ayudar a mejorar la productividad bajando los costos, por más que algunos empresarios le acerquen a la ministra ideas al respecto y también que se sigue prefiriendo el atajo, ya no de las apretadas del secretario de Comercio, sino la de las distorsiones y la del poder de las lapiceras discrecionales.

En medio de este sacudón para la gente de campo, los anuncios de estatizaciones y los misiles de crítica furibunda hacia el capitalismo que disparó Chávez llegaron justo en la misma semana en que uno de los espejos del bolivariano, nada menos que Juan Domingo Perón, fue sacudido en su tumba de San Vicente para responsabilizarlo, hasta ahora de modo no explícito, de haber sido el generador ideológico de la nefasta “Triple A”.

Nunca antes había habido un ataque tan fuerte a la figura del ex presidente desde los tiempos del llamado “gorilismo” de la Revolución Libertadora o aún desde que los dirigentes de la Tendencia Revolucionaria, que ya lo consideraban un traidor por entonces, gritaban en los 70, “Perón, Evita, la Patria socialista”.

El mismo Perón solía decir que, cuando se le apuntaba a un ministro de su gobierno, en realidad significaba que él mismo era el destinatario de la crítica o la diatriba. Con la excusa del pedido de extradición de María Estela Martínez en otra causa que no es la de las tres “A”, la figura del general fue puesta en estos días en la picota con un énfasis como no se recuerda desde hace mucho tiempo y con dos jueces, que han interpretado de modo apropiado el cambio de los vientos, como ariete.

Extraño periplo el de la ex presidente, siempre destinada a quedar a la sombra de los otros, queriendo disfrutar silenciosamente de los beneficios de su candidez, pero fatalmente atada a personajes y a piezas que seguramente no movió ni quiso mover. A Perón, primero, al odiado José López Rega después y ahora otra vez a su esposo muerto.