• Domingo 7 de enero de 2007 | San Luis, República Argentina

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EDITORIAL

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López no aparece

 

Es imposible la construcción de reglas básicas de convivencia si no existe un mínimo de confianza. El presidente de la República le habló al país. Lo hizo en un marco formal, serio y ceremonioso. En principio casi todos parecieron creer en sus palabras. Es muy difícil gobernar en un escenario que como mínimo ni cree en los dichos de quién gobierna.

Las desprestigiadas encuestas oficiales, recordar la elección en Misiones, dicen que la mayoría de los ciudadanos le creyó. Sin embargo de inmediato al cierre de su discurso todo lo cierto comenzó a tornar dudoso. Por lo menos para algunos sectores y para una parte de la manejada opinión pública, que justo es reconocerlo no siempre coincide con la mayoría de pueblo.

Lo curioso parece ser que todo tiene que ver con lo que se muestra y lo que se dice. Aunque, claro está, lo importante es lo que efectivamente sucedió. Sobre todo si se trata del secuestro y la reaparición de alguien que fue torturado, privado de su libertad. Con el trágico agravante de que esto ya le había sucedido.

La incredulidad, la desconfianza, el descreimiento tienen que ver con la sospecha bien fundamentada que indica que todos los sectores involucrados pretenden sacar tajada de cualquier situación por trágica y patética que resulte. Todo es tan paradójico que cuando alguien guarda silencio, se sospecha hasta de ese silencio.

El albañil secuestrado apareció. Y lo rodearon sus compañeros, sus amigos, su familia. Al dirigirse a la prensa lejos de aclarar algo, comenzó una larga lista de agradecimientos como quien dedica un premio. Se comprenden el temor, la conmoción y el estremecimiento. Cabe ampliamente el derecho al silencio y la aparición en público puede demorar lo que el damnificado juzgue conveniente. Pero por algún motivo se expuso. Y si alguien se expone entonces comienzan otras reglas.

La víctima pretendió lanzar toda serie de consideraciones políticas y ninguna precisión respecto a sus vivencias y a las desgraciadas situaciones vividas. Rápidamente se lo vio rodeado de una serie de personajes de la política interna de Escobar.

No se puede negar que si bien se celebra la aparición con vida, la situación es grave e igualmente intimidatoria para los muchos futuros testigos que tendrán estas causas.

Desde los más altos niveles del gobierno nacional no se pueden lanzar acusaciones a un ciudadano, sea quien sea, responsabilizándolo de tamaño delito simplemente por el volumen y la profundidad de su prontuario. Hay que tener algunas pruebas importantes, y de las mismas se carece hasta el día de hoy.

Por lo menos esta vez a ningún ministro de le ocurrió buscar en la casa de la tía de nadie.

Para salir de lo que se dice y de lo que parece, hay una realidad tan triste como concluyente. Jorge Julio López no aparece. No hay indicios sobre su paradero. La sociedad argentina toda, la que celebró la aparición de Gerez, la que sospecha y desconfía del episodio y la que se mantuvo neutral, toda necesita encontrarlo. Ojalá sea sano y salvo. Esto también lo necesitan todos.