Ese cliente, nunca más En una completa nota que aparece hoy en las páginas de El Diario muchos comerciantes reconocen la existencia de un buen momento en sus negocios y estar atravesando una coyuntura, que con sus más y sus menos, aparece como muy favorable. Sugieren la necesidad de inversiones. Expresan con la claridad de quien la padece, la idea de estacionalidad, que en muchos rubros abarca períodos más prolongados y en el caso de restaurantes y bares tiene que ver con los fines de semana. Parece cierto nomás que la avenida Illia se ha convertido en una buena oferta de esparcimiento. Sucede también que a mucho pronosticador pesimista se le han quemado los libros: un buen establecimiento al lado de otro ha pasado a constituir un polo hotelero más que interesante. Y a la mueblería que se instaló muy próxima a la inauguración de un líder en el rubro, aún sin conocer con seriedad sus números, no parece irle nada mal. No se pretende desde este espacio generar un tratado mercantil, ni indicarle a experimentados empresarios cómo proceder. Pero la ocasión resulta tentadora para poner el acento en algún otro tema al que las disciplinas que se ocupan de la comercialización y el gerenciamiento le dedican una atención superlativa. Hablamos del servicio, hablamos del cliente. El negocio siempre fue vender. En muchos negocios del rubro gastronómico la pregunta ha sido ¿cuándo vender? Con el desayuno, para la mediamañana, el almuerzo, a mediatarde, a la noche, ¿cuándo? Los patios de comidas de los centros comerciales vinieron a responder ese cuestionamiento con la referencia más saludable desde el punto de vista de los costos estructurales. La respuesta es siempre, a toda hora. Ultimo sábado de julio. Los empleados públicos ya han cobrado sus haberes. Buenos Aires y Capital Federal están en vacaciones, hay un movimiento turístico más que interesante. El supermercado funciona a muy buen ritmo, el nuevo huésped dedicado entre otras cosas a la ferretería tiene en su local una muy buena concurrencia. Las mesas del patio de comidas están ocupadas en más del 60%. El visitante concurre a un puesto de parrilla, lee las ofertas y realiza su pedido, la respuesta lo sorprende y lo desarma: la parrilla ya cerró. Cambia entonces su menú. Vuelve a consultar con su familia y eligen del fast food el menú 1 y el 3. No inventa un pedido extraño, elige de lo ofrecido. Y la respuesta ya lo conmociona un poco más. No hay baguette ni otros panes sólo puede elegir pan árabe o pan casero.Eelija entre el 2 o el 4. Dispuesto a no permitir que detalles tan menores interfieran en su paseo decide que su familia almorzará pizza. Se corre a un nuevo despacho y pide empanadas árabes y fainá. La lista las exhibe a buen precio y son una opción apetecible que sorprenderá a la familia. Otra vez, no inventó nada, sólo leyó la lista. El empleado lo mira y sin miramientos le espeta en el rostro que pretender a esa hora ese menú es casi una desubicación. Hasta las ocho de la noche, imposible. Es muy complicado tener ganas de comer a las tres y esperar hasta las ocho. Queda claro que la víctima en cuestión debió respirar hondo, acercarse a uno de los tres mostradores y rogar que le vendieran algo de lo que quisieran en el pan que tuvieran, y de ser posible dentro de los próximos veinte minutos. No se trataba ni de cocina internacional, ni de las cinco de la mañana, ni del día de Navidad. De lo que parece tratarse es de un negocio bien raro y bien difícil de comprender. Donde cuando no hay clientes hay que lamentarse, y cuando llegan también porque no hay cómo ni con qué atenderlos. Es un atajo al fracaso con final inexorable y con el destino marcado. El centro de cualquier mezcla comercial es el cliente. El eje de cualquier estrategia es el cliente. El del cuentito de hoy, no retorna nunca más. |