Todo se sabía. Nada se hacía Lo más increíble es que todo ya se sabía. Todos los vecinos de Caballito, Paternal, Flores y zonas aledañas a estos barrios de la Capital Federal sospechaban con mucho fundamento que en muchas casas algo funcionaba mal, que detrás de supuestas viviendas de familia o presuntos pequeños talleres se escondía un verdadero drama. Fue necesario un incendio, debieron padecerse muertos y heridos para que lo que era vox populi conmoviera a alguna autoridad. La tragedia de Cromañón y sus secuelas han cambiado los reflejos de los funcionarios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. De inmediato apareció en escena el jefe de Gobierno y en minutos renunció el agente administrativo a cargo. Comenzaron los procedimientos y las acciones concretas. Lo rancio de las revelaciones que están saliendo a la luz salpica largamente al gobierno nacional que inicialmente pretendió acotar al distrito capital estos malos manejos. No se trata ni de un hecho aislado ni de una situación particular. Se trata de redes de delincuencia que además involucran a ciudadanos extranjeros. Con esa habilidad con la que se logra desviar el centro de la noticia, ya se comienza a insinuar que mal o bien estos seres humanos sometidos a los peores tratos viven aquí, y pese a todo, mejor que en Bolivia. Un verdadero despropósito. Cuántos controles, de muy diversa índole, deben fallar o distraerse para que esto sea posible, éste es el centro del problema. El procedimiento muy brevemente descripto consistía en importar hombres y mujeres del vecino país, con o sin documentos, cruzar ilegalmente la frontera y al margen de cualquier régimen laboral aceptado ponerlos a producir. Se los hacía dormir escasas horas a la par de las máquinas que no paraban nunca. No se trata ya de que estuvieran en blanco o en negro. No existían. Por supuesto ahora se inician los procedimientos, se exagera, se montan shows mediáticos para mostrar que se comienza a hacer lo que siempre se debió hacer. Obviamente tarde y como siempre después de la tragedia. Salta ya venía sufriendo desastres naturales importantes. Todo presagiaba lluvias torrenciales. Todos lo sabían. Y Tartagal quedó aislada y prácticamente sepultada. Y la situación empeora. Todo es parche y socorro. Auxilio y estremecimiento. Y todos lo sabían. Quizá ayude a valorar. Cuando se inaugura un camino, una ruta, una obra de prevención los ciudadanos comiencen a tener en claro que se están evitando desastres de tamaño calibre. En el avance del río y en el desprendimiento de tierra se ve a miles de argentinos solos y librados a su suerte. Se trata entonces de un país con una estructura esencialmente precaria y conocida. Estructura precaria de seguridad, de controles, jurídica, del ejercicio del poder de policía, vial, férrea, de puentes. Y fundamentalmente endeble a la hora de planificar, de prevenir, de generar solidez para el futuro, de crear estrategias de anticipación. Alguna vez se entenderá que el futuro no se debe padecer, se debe construir. Sin falsedades, sin corrupción y sin hipocresía. Si se pretende mostrar, creer y afirmar que está bien lo que está pésimo, entonces la solución es imposible. La franqueza, la honestidad, la verdad, la cruda aceptación de la realidad tal vez algún día eviten Cromañón, Tartagal, el inaceptable e inescrupuloso hacinamiento de ciudadanos que precisan trabajar y las múltiples tragedias diarias que no salen a la luz sino cuando el drama o la catástrofe y la muerte las enfocan. |