• Lunes 19 de diciembre de 2005 | San Luis, República Argentina

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Editorial

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Serás lo que debas ser y si no...

 

La forma de gobierno en la Argentina es representativa, republicana y federal. Es un mandato constitucional. El régimen es fuertemente presidencialista. Es una realidad. Este último matiz no es ni bueno ni malo en sí mismo. Tiene que ver con circunstancias históricas, sociológicas, políticas y si se quiere culturales.

Sucede que de un régimen presidencialista al pobre rol que hoy queda reservado al Parlamento Nacional hay una distancia que nunca se debió transitar. Las razones de ese tránsito son diversas, profundas y confusas, pero sin duda lo erróneo de algunas soluciones coyunturales tiene mucho que ver con el tema.

Si bien la situación de crisis es casi endémica hay momentos precisos de la historia reciente en que ha adquirido una profundidad alarmante. En esos momentos en lugar de aferrarse a la ley, en lugar de asumir sus atribuciones y ejercerlas en plenitud en defensa de la democracia y de la sociedad, que hubiera sido lo aconsejable, los legisladores han optado por delegar o por permitir una nociva concentración de autoridad en aras de la necesidad de acumular fuerzas en el Poder Ejecutivo, e inclusive en algunos funcionarios en particular. Todos lo juraban transitorio. Todos lo sabían definitivo.

Hace años que la figura del ministro de Economía, independientemente de su nombre y apellido, es mucho más importante que la de cualquier legislador, inclusive que la de todos juntos. Los argentinos y el mundo cuando quieren negociar un tema trascendente para el país hace tiempo que ni pasan por el Congreso de la Nación. Las misiones diplomáticas, todas con notable sesgo económico, han comprendido funcionarios hasta de tercera o cuarta categoría de la cartera de Hacienda. Han llevado titulares de consultoras o estudios que hablaban en nombre de todos y le transmitían al país los resultados obtenidos. Obviamente que ni a unos ni a otros los votó nadie. No es eso lo que dice la Constitución nacional.

Si el Ejecutivo lo considera oportuno hace llegar a ambas cámaras paquetes cerrados, bien anudados con una carga que ni la brigada de explosivos se atrevería a abrirlos y mucho menos a cambiar una letra. Cuando los senadores y diputados pueden comenzar a enterarse de qué se trata, pueden comenzar a leer cualquier informe, acuerdo, pacto o decisión ya fue anunciado, aplaudido, aprobado, bendecido por la prensa adicta y sometido a múltiples encuestas que muestran un pueblo complacido y feliz de la existencia de lo sometido a su consideración. Los pocos que se atreven a contrariarlo o siquiera a objetarlo son “loquitos rebeldes” que nada comprenden de la urgencia de la hora y que sólo piensan en arruinar “la fiesta de todos”. Más que sobre tablas los tratamientos deben ser inmediatos y súper expeditivos para que la otra cámara los considere y todos, en esta oportunidad en particular, brinden en paz con sus familias.

Las excepciones a estas premisas, desde el mandante y desde los mandados, por escasas son doblemente honrosas.

Nadie respeta a quien no se respeta a sí mismo. Y son los hombres y las mujeres del Poder Legislativo quienes han cedido una y otra vez. Quienes cumplen mayoritariamente gustosos el designio presidencial de ser simple y sencillamente manos que responden genuflexos a cualquier iniciativa que emane del poder que los cobija. No se juzgan aquí las bondades o los defectos del tema en cuestión. Lo censurable es que en unas pocas horas, casi sin tiempo para el análisis, utilizando todas la excepciones posibles a las reglas del reglamento del recinto y de sus comisiones se apruebe un tema que el propio primer mandatario juzga como lo más importante que ha hecho durante su gestión en la más alta magistratura del país.