Y al que no le gusta... Hospital de los trabajadores y al que no le gusta, se jode, se jode, con esta consigna quienes mantienen la huelga en el Hospital Garrahan expresan su sensación y su pensamiento más profundo acerca de la situación que se encuentran atravesando. Se aceptan muchos reparos, son arengas o cánticos para sostener la mística, la identificación , la fuerza necesaria para sobrellevar el peso de un conflicto cada vez más difícil de sostener, y no siempre pasan por la racionalidad de lo que efectivamente se piensa. Es probable. En realidad se escuchan los mismos conceptos cuando se trata de la universidad o de otros organismos cuyos empleados atraviesan circunstancias similares. ¿De quién es el hospital?, ¿quiénes son los que se perjudican? En la profundidad la pregunta sería en rigor, ¿cuál es el objetivo de un hospital? No serían acaso los enfermos los destinatarios de una institución pública de salud; todos los esfuerzos y todos los objetivos no deben estar enfocados a la resolución pronta y eficiente de los siempre desgraciados problemas que acarrean las enfermedades. O a eficaces políticas sanitarias de prevención y divulgación que las eviten. O tal vez la cuestión sea bastante más profunda y la raquítica política económica de la Argentina incapaz de generar genuinas fuentes productoras de empleo ha creado inmensos bolsones de ocupación o de subocupación, sostenidos por la intocable estabilidad de los empleados públicos. Si se cree que esto es exagerado, bastaría para mostrar como ejemplo que muchos agentes públicos consideran que su cargo es hereditario en el último reportaje el sujeto involucrado con el ex obispo de Santiago del Estero lo manifestó con absoluta claridad y sin ningún rubor. O será que la administración pública en todos sus niveles y en todos sus estamentos no toleraría la aplicación de políticas racionales que contribuyan a separar la paja del trigo y determinar efectivamente cuántos empleados son necesarios para una gestión estatal eficiente. Sin la menor duda la tarea sería mucho mejor y los empleos tendrían una remuneración muy superior, pero parece no haber destino posible para quienes quedaran excluidos de un análisis serio de necesidades y funciones a cumplir. Y ya son demasiados los excluidos en la Argentina. Será cierto entonces, que en muchos casos el empleo público es una forma encubierta de subsidio. Y la burocracia una aliada de fierro en estos temas. Hay quienes sostienen que sencillamente se deberían ajustar algunas cuestiones, reubicar y mejorar el reparto de tareas. El tema no es nuevo. Tiñe sin dudas muchos lugares de la América latina y desvela a muchos estudiosos que intentan conjugar las variables económicas, humanas y políticas que se cruzan en tan delicado asunto. Hoy sin duda se perjudican los enfermos, se perjudican los alumnos, se perjudican los contribuyentes, y es cierto no les gusta. Si alguien cree que se perjudican los políticos, los dirigentes, los directores, los rectores se equivocan. Para ellos lo más grave es un cambio de función. Para la inmensa mayoría de ellos, funcionan sanatorios y universidades privadas, y sus hijos hasta pueden estudiar en el exterior. Hace años que en la Argentina se joroban siempre los mismos, y por cierto que no les gusta. Y por favor que la ingenuidad no provoque que el tema pase por cambiar los cantitos. Y nadie pretende que se vayan con la música a otra parte. El tema debe ser que alguna vez y con seriedad se debata lo que se debe debatir, porque los sueldos de hambre no parecen producto de un complot ni serán resueltos con ninguna interna plagada de agravios. Los miles de profesionales mal remunerados esperan una respuesta distinta, esperan que el problema y su solución tomen otro rumbo. Muchos argentinos excluidos esperan que alguna vez se perjudiquen otros. |