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Un viajero poco feliz
Todos debemos y podemos opinar, son palabras del Presidente de la Nación. La Argentina es un país difícil para el ejercicio de los derechos. Nadie debería precisar una venía presidencial para ejercer sus derechos. Todos los ciudadanos pueden opinar porque así lo expresa la Constitución nacional, porque es un derecho inherente a cada persona.
Cierto es que todos los presidentes, todos los gobernantes, todos los dirigentes en momentos de producirse una elección que no los involucra directamente, apoyan y han apoyado históricamente a su partido, a su agrupación. Este mandatario ha decidido hacerlo en forma explícita, desembozada, gruesa, obscena. El Poder Legislativo está casi ausente, el Poder Ejecutivo apoya con todo su aparato y con toda claridad, justo es reconocerlo, a un grupo de candidatos, con lo cual la única esperanza de transparencia e igualdad para el resto es el correcto funcionamiento de un Poder Judicial independiente, acontecimiento que nadie se atrevería a garantizar.
En todo el país, en el mismo acto en que se reparte de todo, se aclara que se cumplió y se deja clara nota de a quién hay que votar, se defenestra adversarios, se critica a la prensa y se aprovecha para rendir homenajes.
Monseñor Enrique Angelelli y monseñor Jaime de Nevares merecen sin duda más de un homenaje. Sus muertes son una mancha grave de una etapa triste de la Argentina y quizá para la misma iglesia constituyan una asignatura pendiente. Pero mezclarlos en la campaña electoral, donde se reparten obras y dádivas y donde se intenta inducir el voto, no parece una actitud demasiado feliz. La memoria de los nombrados merecería otro tratamiento.
Objetivamente el escenario es un acto organizado por seguidores locales del partido del primer mandatario sostenido con una estructura muy importante. En ese espacio se entregan obras públicas y beneficios sostenidos con fondos públicos. El Presidente de todos los argentinos intenta sistemáticamente destrozar enemigos, entre los que incluye a los medios que no le gustan y a los líderes de la oposición. Luego desliza elogios para sus candidatos entre los que están su esposa, su hermana, algunos otros parientes, sus ministros y demás allegados, incluidos los mafiosos que ellos mismos mencionan. Por favor críticos del supuesto nepotismo provincial, tomar nota.
Si el debate en la Argentina va a ser quiénes abrazaron dictaduras o apoyaron a gobiernos anteriores no hay demasiadas esperanzas. En primer lugar todos saben qué hizo cada medio y cada periodista en cada circunstancia, no se precisa semejante tribuna para avivar recuerdos y diferencias. Basta con la nefasta teoría de los buenos y los malos. Entre la multitud de seguidores incondicionales del oficialismo nacional que inunda los medios, hay personajes a los que poca gracia les haría alguna seria revisión de la historia. A muchos actuales funcionarios les resultaría poco grato el mismo procedimiento. Y si se recorre la realidad más reciente, los favores financieros recibidos por algunos súper multimedios tampoco los deja demasiado bien parados. El apriete con la publicidad, el trato discriminatorio, la amenaza de demandas penales a medios por parte de funcionarios, no se apaga con homenajes corporativos, incluidos periodistas, donde un día uno elogia y otro aplaude y al día siguiente se cambian los roles. Tal vez sea bueno un sinceramiento de posiciones en la Argentina, pero de todos y para siempre. Otra cosa es fomentar la misma hipocresía que se dice querer combatir.
La elección es en cada región y por cargos legislativos nacionales, provinciales y municipales. Se eligen algunos intendentes. Eso dice la ley, eso marca la democracia. Otras interpretaciones corren por cuenta de quien las haga. |